10.12.17

Táboa Redonda: En blanco y negro

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 10.DIC.2017


En blanco y negro


"Esta mañana, cuando iba a trabajar, el mar estaba como un plato. Como un plato de mercurio, denso y gris. Tener ciertas cosas al alcance cada día cambia la vida. Cuando era pequeño, algún verano que pasé en Vicedo en casa de mi tío, mi prima mayor me iba a buscar a la cama antes de acostarse y me sacaba al balcón para que viese la ría a la luz de la luna. El agua parecía un espejo y los botes fondeados, de porcelana, y yo me quedaba maravillado.

Por “Ciudad abierta” (Acantilado), de Teju Cole, he descubierto a Martin Munkácsi, un fotógrafo húngaro, judío, que antes de retratar artistas de Hollywood y chicas elegantes saltando charcos pudo dejar testimonio del principio del horror en la Alemania de los años treinta. Lo he descubierto, aunque he comprobado que ya conocía algunas de sus fotos. Hoy sabemos todo: sabemos de más. Todas las hizo en blanco y negro, me digo, hasta que caigo en la cuenta de la tontería.

La normalidad era blanca y negra. La que reclamaba mi abuelo cuando prefería seguir viendo el fútbol en la tele como siempre, como era de verdad. Y sin embargo, incluso para mí, que aún recuerdo aquel sábado por la mañana en que estábamos viendo La Guagua, trajeron una televisión Philiphs en color y cuando se fueron daban un documental, y que de bebé solo me conozco en tonos grises, que recuerdo por tanto aquella normalidad, resulta evidente que una buena fotografía en color no tiene por qué serlo en monocromo, y viceversa, y que las fotos de Munkácsi, como las de tantos otros, necesariamente fueron sacadas teniendo en cuenta esa limitación. Y me pregunto si la teníamos en cuenta todos. ¿Sabíamos qué funcionaba y qué no, o daba igual? ¿Se fotografiaban paisajes y puestas de sol? ¿Flores? ¿Nos habrá cambiado, con el color, el criterio de manera inconsciente, la intuición estética, la mirada? ¿Cómo sería ahora la obra de los grandes fotógrafos de entonces?

Lo que veía de niño desde el balcón, de noche, también era en blanco y negro. A veces, la huella que alguien –incluso alguien cercano- deja en nuestra vida depende de momentos insospechados que no parecían importantes, de momentos que ellos hasta pueden haber olvidado. Yo, por ejemplo, a mi prima tendré que quererla siempre, nos lleven por donde nos lleven las circunstancias, por haberme enseñado la ría como un espejo, con los botes quietos."

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3.12.17

Táboa Redonda: El tomate hacendoso


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 03.12.17


El tomate hacendoso

 

"Mientras espero a mi hijo en el conservatorio leo números atrasados de un suplemento cultural. Porque es francamente bueno y para ver si, de paso, me inspiro. Leo sobre Rilke, sobre Lutero, Nothomb, Radiohead, Chimananda Ngozi Adichie, Van Morrison, Alfred Jarry, la novela rusa, Karen Blixen, Cheever o Marx. Hasta aquí, todo normal. Lo que no lo es tanto, y a ustedes les parecerá baladí pero a mí me flipa, es que en ese suplemento escribo yo.

Y esto lo considero algo carente de toda importancia y, al mismo tiempo, ilusionante hasta parecerme increíble.

La semana pasada aprendí lo que es un MOOC: curso gratuito masivo (sic) online. Y estoy haciendo uno de la Universidad de California en San Diego sobre el proceso de aprendizaje. Llevo más de la mitad y todo está siendo bastante interesante. Todo, hasta que he llegado al tema de la procrastinación (o sea, la tendencia a ir postergando, casi indefinidamente, las tareas que no gustan) y la herramienta básica para combatirla: la técnica del pomodoro. O tomate. Que me pareció una chorrada.

No sé ustedes, pero yo procrastino bastante. De siempre. El proceso es muy simple, y lo explico mucho más sencillamente que la UCSD: no me apetece algo y lo retraso hasta que ya no tengo más remedio que hacerlo porque, si no, no me da tiempo. Llevo toda la vida así y sobre esa práctica he asentado mis trayectorias académica y profesional con relativo éxito. Y de hecho, hace poco lo asumí al fin, en un acto de madurez: deja ya de luchar y engañarte –me dije-, y espera hasta que el agobio de la urgencia consiga lo que tu voluntad no puede; si, total, es lo que va a pasar…

Pero llega el pomodoro y me propone un remedio. Consiste en ponerse un reloj de cocina en forma de tomate, para que suene a los veinticinco minutos, y trabajar ese rato. La explicación tiene que ver con que uno ha de centrarse en el proceso y no en el producto, para hacerlo más llevadero.

¿Es o no una chorrada? Pues resulta que esta mañana lo he probado tres veces, ¡y ha funcionado! He adelantado un trabajo absolutamente anodino y pesado. Y eso que mi móvil no tiene forma de tomate.

Lo curioso de mi procrastinación, en cualquier caso, es que también puede afectar a cosas placenteras. Como por ejemplo a estos artículos. Yo lo llamo ser vago. Por eso estoy aquí, en este vestíbulo, rodeado de madres e instrumentos, ya de noche, escribiendo."
 
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26.11.17

Táboa Redonda: Madrid o Vigo


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 26.11.17


Madrid o Vigo




"Ayer por la mañana estuve paseando por el centro de Vigo. Con Vigo a mí me pasa como con algunas personas, que sé quiénes son pero no las conozco. He ido poco y tarde, y ahora me asombro con sus edificios monumentales.

Llegué hasta los jardines que hay junto al Náutico y me senté en un banco. Se estaba genial. A unos metros, un hombre barría la terraza de su local. Era negro, tenía una panza tremenda y unas rastas que habrían sido la envidia de mi hermano pequeño. Y fue precisamente por ese hermano por lo que me quedé allí cerca a pesar de que tenía puesta música. Es algo que me suele molestar, al aire libre, porque es raro que me guste lo que eligen. Aquello, en cambio, era reggae y le iba de maravilla a mi ánimo y al sol del mediodía. Al irme crucé un par de frases con el hombre, todo sonrisa.

Y me vino a la cabeza mi hermano, otra vez, y cómo lo vi esta semana en Madrid, a donde he ido unos días para seguir luchando por jubilarme con un currículo tremendo.

Resulta que es adulto. Del todo. Y para mí, quiero decir, no solo por su edad. Por primera vez, creo, he estado con él como con alguien como yo; como con un amigo. Y me he encontrado con alguien joven pero bastante centrado en lo que ha elegido centrarse, con intereses e inquietudes cada vez menos volátiles, y que tiene cosas que contar y las sabe contar. Y sobre todo –y esto es sin duda extraordinario- alguien apreciado, querido, por su entorno. Lo cual no me extraña, viendo cómo se relaciona con los demás: por la calle saluda a gente de todo tipo, y lo hace con cariño, sonríe sinceramente y con seguridad, y es amable porque quiere serlo. Fluye. Fluye, esa es la palabra.

Como fluían el camarero y la mañana en Vigo. O como fluye la conversación, siempre, en la Librería “Méndez”, en la calle Mayor de Madrid. Ya escribí sobre ella una vez: es una librería de verdad, con libreros de verdad a los que uno puede y debe preguntarles. Salí con tres libros: “Babbitt” (Nórdica), el clásico de Sinclair Lewis; “Los inquilinos de Moonbloom” (Libros del Asteroide), de Edward Lewis Wallant -un libro que deja buen cuerpo, me dijo-, y “Ciudad abierta” (Acantilado), de un tal Teju Cole, que empecé ayer en aquel banco y con el que he tenido un flechazo desde el primer párrafo. Su protagonista camina por Manhattan, cada día, mirándolo todo y a todos, como mi hermano por Antón Martín y Lavapiés.

Mi hermano pequeño, que es tan mayor que ya me invitó a cenar."

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19.11.17

Táboa Redonda: ¿Al Infierno, por favor?

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 19 de noviembre de 2017


¿Al Infierno, por favor?




"Un gran vacío acaba de ser llenado. Un vacío a la vez existencial y práctico de enorme trascendencia. Y lo ha hecho una amiga mía.

Pónganse en situación: se mueren ustedes y se enfrentan al juicio divino, que arroja un resultado, favorable o no. Y deben, a continuación, dirigirse al lugar que les corresponde: Cielo, Purgatorio o Infierno. Pero, claro, ¿saben llegar? ¿Han estado, acaso, antes? ¿Y si se pierden y acaban donde no es? Alguno se alegraría, pero otros… Es más, cuántas almas estarán penando o disfrutando por error, o tal vez vagan siglo tras siglo preguntando el camino a, por ejemplo, el Anteinfierno.

Pues no se preocupen, que esto ya no será un problema nunca más. Porque mi amiga Calamity acaba de crear la señalética para aclarar de una vez por todas el tema y facilitar las cosas, a partir de ahora, a los muchos visitantes, vivos (los menos) o muertos (los más), que no dejan de pasarse al otro lado. Su “Guía para no perderse en el Más allá” la define y recoge con pelos y señales. No sé cuántos estudiantes de diseño gráfico han necesitado leer a los clásicos, pero ella, para este trabajo, ha repasado a Santo Tomás, Milton, San Agustín de Hipona, Virgilio, Dante y, por supuesto, la Biblia; y revisado la obra de Durero, Botticelli, Ingres, Moebius o Barceló, entre otros. Y eso que al final se limitó al concepto cristiano medieval, ante la imposibilidad de abarcar las muchas y diversas concepciones que las distintas culturas, sin excepción, tienen.

El resultado es un trabajo no solo francamente útil para cualquiera sino delicioso, que nos permite pasear desde el sofá por los distintos niveles del moderno y discutido Purgatorio, bajar pisos del Infierno, conocer al Can Cerbero, acercarnos al embarcadero de Caronte (abierto 24/7, precio dos monedas, reservado el derecho de admisión), visitar el Valle de los Príncipes Remisos,  el Pantano de la Lluvia Eterna, la Puerta de las Furias, ascender a los siete Cielos, al Primer Móvil del Paraíso o incluso al Empíreo. Los lugares de interés, como los puntos de sellado de purificación o de pesado de almas, se señalan. Se advierte de si hay ascensor o solo escaleras, se indican los puntos de información e incluso se alerta de los peligros (castigos sí, pero no por accidente). No faltan tampoco los carteles de Espere su turno, que a veces las almas se apelotonan.

Lo difícil está hecho. Queda ahora instalar las señales, los carteles y las flechas retroiluminadas. Mi duda es quién se ocupará de la adjudicación del contrato. Pero no sé por qué me temo que va a ser cosa del Ángel Caído."

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12.11.17

Táboa Redonda: En Castromil por Rusia

En Castromil por Rusia


"Lo malo de los amores platónicos es que, o se cuidan mucho, guardándolos bajo una campana de cristal inmaculado herméticamente cerrada, o están abocados a dejar de serlo. Como no tome uno precauciones para asegurarse de que el objeto de su pasión sigue siendo inaccesible, puede acabar conociéndolo, con las dramáticas consecuencias que eso suele acarrear. Mejor que Dante no supiera si a Beatrice le olía el aliento.
Con los sitios pasa lo mismo. El otro día, en una fiesta, conocí a una chica de Vladivostok. ¡De Vladivostok! Del Este ya se veía que era, y le inquirí que de dónde. De Rusia, respondiome. Supuse que de algún lugar en concreto, dentro de tan vasto país, tenía que ser, e insistile, aun a sabiendas de que era más que probable que su contestación me dejara como estaba. Pero hete aquí que me suelta, sin darle mayor importancia, que de Vladivostok. Tan tranquila. Como quien dice Móstoles o Curtis.
Tras emitir, atónito, alguna interjección, me faltó tiempo para contarle, entusiasmado, que hacer el Transiberiano era uno de mis sueños y que, además, se lo tenía prometido a mi hijo. Y a ella le faltó tiempo para preguntarme, con los ojos como platos, si estaba loco, y para sentenciar que aquello era un infierno y que ella no lo querría ni regalado.
A partir de ese punto, pasó a enumerar los múltiples horrores del viaje. Por suerte, sus críticas dejaron de hacer mella en mi ánimo cuando citó como principales inconvenientes su duración y el hecho de que solo hubiese paisajes y más paisajes. Ya más tranquilo, pasamos a la típica comparativa Vladivostok-Ferrol: mi principal conclusión fue que los inviernos aquí son más duros. Al principio me reí en su cara, claro, como solo un inconsciente puede reír, pero ella aseguraba que así era, que prefería los secos 30 bajo cero de su tierra que los pies húmedos de la mía, que esto era insoportable. Y de vez en cuando dejaba de hablar, se ponía seria y me repetía que por favor no le regalase aquello al niño.
Imagino que fue una reacción comparable a la que yo tendría si un siberiano, al enterarse en Irkutsk de mi galleguidad, me contase emocionado que llevaba años planeando viajar con su hijo hasta España únicamente para coger el Castromil."                                                                                                                                                                                                                                                                                  
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5.11.17

Táboa Redonda: Libros y gatos




Libros y gatos




"Hay una viñeta de El Perich en la que se ve a un hombre sentado en un sillón delante de la chimenea, leyendo. Por la ventana se ve que llueve, junto a la butaca tiene un whisky y a su lado duerme su gato. Formó parte de una campaña de fomento de la lectura del Ministerio de Cultura, y se titula “Vive leyendo (o cómo ser feliz fácilmente)”.

Hemos decidido desembalar los libros. Todos nuestros libros. En un par de horas, el salón quedó convertido en una columnata de papel y pudimos confirmar que no nos caben la mitad de los que tenemos. Pero, aun así, para mí es sin duda la parte más bonita de la mudanza.

El trabajo tiene cuatro fases: sacarlos de las cajas, clasificarlos, ver cuánto ocupa cada grupo y colocarlos en las estanterías. La primera es cansada pero rápida, y la cuarta es imposible por el momento; pero la segunda y tercera son largas y agradables. Por un lado, clasifico toda la narrativa –o sea, el 90% de la biblioteca- más o menos por países. El grupo más grande es el de literatura española -gallega incluida-, seguido de la literatura USA, la inglesa, la hispanoamericana y, sorprendentemente, ¡la italiana!, por delante de la francesa, la rusa, la centroeuropea, Asia y África, etc. El resto, por montoncitos: poesía, pensamiento/filosofía, ciencia, libros de viajes, libros de Historia, arte, libros grandes con fotos y temática variopinta, libros relacionados con mi doctorado y algún libro de texto.

Ir revisándolos es una maravilla. Uno se da cuenta del tiempo que hacía que no los veía, e incluso descubre alguno que ya no sabía que tenía. Encuentro títulos leídos hace décadas, y algunos los recuerdo con placer y otros con perplejidad. Y compruebo con rabia cuántos no he leído todavía a pesar de lo que me apetecen. Y me lamento del poco tiempo que dedico ahora a leer y noto cuánto lo echo de menos. Y quiero ser el hombre del cartel de Perich, y ya me veo teniendo que esperar a la jubilación.

Y en medio, saltando de montón en montón y derribando alguna columna inestable, Bartlet, el gato, que se iba quedando dormido a ratos en los huecos más insospechados hasta que acabó apoyando la cabeza sobre el cachalote del “Leviatán”, de Hoare, tan tranquilo."

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Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 5 de noviembre de 2017




29.10.17

Táboa Redonda: Coaching nutricional



Coaching nutricional


"Cuando Gulliver llegó a la tierra de los Houyhnhnms se encontró con que estos, que eran unos caballos inteligentes e ilustrados, gobernaban sobre unas irracionales y simples bestias de carga con aspecto humano, los yahoos.
El otro día paseábamos por el casco viejo de una gran ciudad gallega y en una ventana vimos un cartel que anunciaba el último capítulo de la decadencia de Occidente: un servicio de coaching nutricional. Y ya sé que no es más que un nombre resultón, un gancho; nada terrible. Lo que es terrible es que alguien se crea que vendiendo eso le va a ir mejor… y tenga razón. Lo que es terrible es que estemos, como decimos en Ferrol, tan aconachados.
David le Breton es un sociólogo que reivindica el silencio como herramienta de resistencia social, nada más y nada menos. Resistencia, en la medida en que nos permite poner freno al flujo absurdo de información superflua, opiniones y verborrea que nos arrastra, y nos permite detenernos, por tanto, a pensar. Porque sin parar un poco no hay pensamiento. Ni conocimiento, ni crítica fundamentada ni juicios elaborados. Solo mimetismo, lugares comunes, eco.

Y ahora que lo llevamos en el bolsillo, el ruido es permanente. Por eso no mejoramos, y coreamos lemas y jaleamos consignas, y repetimos falacias sin entenderlas; por eso cualquier simpleza se impone sobre un razonamiento elaborado, y no se admite el matiz ni la duda; por eso una mentira repetida mil veces sigue convirtiéndose en verdad. Qué no haría Goebbels con internet. Por eso lo menos independiente que hay son las opiniones. De ahí la facilidad para alinearse, que no cesa. De ahí que aceptemos o rechacemos las ideas en función del color del envoltorio. De ahí que la polarización sea tan fácil como entre tutsis y hutus.

No hay en nuestra sociedad una necesidad más urgente que la de convertirnos en ciudadanos. Un ciudadano es el protagonista de una democracia, que existe por y para él. Es alguien que exige que individuos e instituciones cumplan sus obligaciones, y que a cambio asume su responsabilidad. Un ciudadano tiene una relación con la autoridad en las antípodas de las nuestra, que se mueve entre el pataleo y la euforia agradecida del seguidor. Como la de un niño. O como la de los yahoos, que carecían de la formación, el criterio propio, la capacidad de análisis de la realidad o el sentido de la comunidad que hacen falta.
La culpa de todo la tenemos nosotros. Cómo no la vamos a tener, cómo vamos a ser capaces de poner nada en su sitio, si nos tiene que llevar un coach de la mano a comer."

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22.10.17

Táboa Redonda: Una llanura fría

[Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 22 de octubre de 2017]
 
 
 

Una llanura fría



"Siento una debilidad tan grande como irracional por Mongolia. De los varios fines del mundo que para mí existen (otro sería una gasolinera en medio de Arkansas), Mongolia y el centro de Siberia son el más evidente. Y esto se junta con la atracción, también un poco extraña, que despiertan en mí los lugares fríos e inhóspitos, con los que siempre me he sentido identificado desde la distancia.

Hace ya tiempo vi El perro mongol, que es una película –no lo adivinarían- mongola, que además transcurre en Mongolia. Me gustó mucho. La protagoniza una familia nómada formada por un matrimonio joven y sus tres hijos, y es una historia sencilla en medio de paisajes preciosos. Se ven campos de hierba interminables, se ve lo rápido que crecen los niños allí -supongo que en cualquier parte menos aquí, en realidad-, y se asombra uno viendo a la niña mayor llevarse un rebaño de ovejas a pastar y regresar a su casa tomando como referencia el pico de una montaña. Y es fácil comprender, además, que Gengis Khan y sus chicos fuesen los portentosos jinetes que eran, al ver que esa niña tiene seis años y hace todo eso a caballo.

Mejor obviar al pobre Ivan Denisovich. Pero Miguel Strogoff, Corto Maltés, Colin Thubron. Los pasajeros del transiberiano. Dersu Uzala. Yuri Zhivago y Lara Antipova. Todos esperando por mí, ateridos de frío, en el fin del mundo. O tal vez en el centro.

Desde hace ya años, cada noche, cuando me voy a acostar y allí empieza a amanecer, miro en el móvil la temperatura en Oymiakón. Es un pueblo del nordeste de Rusia que tiene el orgullo de ser el lugar habitado del planeta donde se han registrado las temperaturas más bajas, inferiores a -70ºC. Y no es raro que, aunque no llegue a ese récord, ronde los 50 bajo cero. Entonces, mientras me meto en la cama y me tapo, me imagino soledad, inmensos espacios vacíos, naturaleza, silencio y una vida terrible. Me imagino lo que me da la gana, ya que por supuesto jamás he estado allí. Por eso, aunque no tenga sentido, me imagino también a cosacos y pastores mongoles de renos, todos mezclados. Y nieve y coníferas, y gente en tiendas con hogueras, y un viento helado y ululante y la noche interminable alrededor. Y me encanta hacerlo y apagar la luz pensando que vivo en un mundo entero."
 
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15.10.17

Táboa Redonda: Evasión culinaria

[Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 15 de octubre de 2017]


Evasión culinaria


"No siempre, es cierto. De hecho, ni siquiera debería ser la norma general, sino algo excepcional, una salvedad, un alto. Pero hay veces en que nos hace falta evadirnos, qué duda cabe. Evadirnos, escapar, si no literalmente sí de espíritu, porque lo necesitamos. Necesitamos alejarnos un poco, aunque solo sea un momento, poner distancia y coger aire. Y, si fuese posible, incluso olvidar. O creernos que olvidamos.
Por desgracia no suelen faltar motivos ni problemas a los que desear perder de vista, pero esta temporada sobran. Y llega un momento en que la preocupación toca techo y pide un descanso, porque se insensibiliza por saturación.
Y entonces uno puede seguir el consejo de Somerset Maugham cuando dice que adquirir el hábito de la lectura es construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida, y abrir un libro y tirarse dentro. Por ejemplo dentro de uno que explique que los huevos de serpiente están en su punto al decimoséptimo día de haber sido puestos, y que han de cocerse en agua en la que hayan cocido mondas de naranja, y comerse con brotes de acacia pérsica macerada en sangre de liebre; porque leer eso y no sentirse transportado parece difícil. O en un libro que sostenga que uno de los principales argumentos en contra del calvinismo es que Calvino, cuando estuvo en Armagnac, no probó ni una gota de aguardiente; porque leer eso ayuda a relativizar un poco más las cosas, que falta hace.

Curiosamente, ese libro, titulado “La cocina cristiana de Occidente”, hace un movimiento suicida al contar que los vikingos descubrieron que los mejores asados se hacían a fuego de libros. Y que por eso arrasaban con los códices en pergamino de las catedrales, y quemando textos canónigos grecolatinos asaban gansos, lechones, corderos y lo que surgiese.
Puede que haya quien encuentre tonto dedicar su tiempo a leer textos poco realistas, poco prácticos, demasiado envueltos en fantasías. Como este de Cunqueiro. Puede quien encuentre tonta la evasión. Puede que lo sea, no seré yo quien discuta demasiado al respecto, que discusiones ya hay bastantes. Pero estoy seguro de que, leer que en Bretaña había viejas brujas que adivinaban el color de los ojos de las amadas de los caballeros andantes solo por el eco del galopar de sus caballos al pasar por el camino, a mí, a veces, me ayuda a ser un poco más feliz."

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8.10.17

Táboa Redonda: Una foto normal

La verdad es que no me convence mucho mi artículo de hoy, pero bueno, no tengo otro.

El resumen es: hay problemas terribles por todas partes, no mejoramos casi nada, solo hay que mirar, vivimos rodeados de ellos; y luego hay otros tan ridículos que no lo son, pero aun así generan conflictos, y por mí se los podían meter por donde les quepan.


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 8 de octubre de 2017


Una foto normal


"La otra mañana, mientras el sinsentido nos rodeaba, me topé en mi ordenador con una foto de hace años de mi hijo pequeño. Está en pijama en el jardín, apoyado en una murallita, mirando el mar. 
En el mundo hay, ahora mismo, aproximadamente sesenta conflictos armados activos, de mayor o menor intensidad; conflictos que en lo que va de año han supuesto casi setenta y seis mil muertos. Decenas de miles de menores son reclutados como soldados y obligados a luchar en esas guerras. Según los últimos datos disponibles, casi mil doscientos millones de niños de entre cinco y catorce años deben trabajar. Más de doscientos sesenta millones están desescolarizados: como la cuarta parte de la población europea. Un catorce por ciento de los menores de cinco años sufre desnutrición: en una de nuestras aulas de infantil habría tres o cuatro. En 2015, el quince por ciento de la población joven de la OCDE (o sea, unos 40 millones de personas) no trabajaba ni estudiaba ni estaba en formación (los famosos NiNi); en parte porque en los últimos ocho años han perdido el diez por ciento de sus puestos de trabajo.
Según el Banco Mundial, a pesar de que la población viviendo en condiciones de extrema pobreza ha disminuido sustancialmente (cosa de China, principalmente), todavía hay más de setecientos millones de personas que subsisten con menos del equivalente a dos dólares al día. Eso es más del diez por ciento: en uno de nuestros cumpleaños, dos invitados. Lógicamente, coincide casi exactamente con el porcentaje de población que se considera pasa hambre.
Ahora mismo hay en el mundo más de sesenta millones de desplazados forzosos. De los cuales unos veintiún millones son refugiados. De estos, han sido reasentados menos de doscientos mil.
Mi hijo, cuando la foto, estaba sano, vestido, al lado de casa, querido y contento. Y acababa de desayunar. Además me tenía a mí y al resto para contarle qué era todo aquello, para llevarlo, para llamar su atención y para ir un paso detrás de él por el camino. Camino por el que intentaremos que aprenda a disfrutar de cuantas más cosas mejor (incluidos Stevenson, el blues, la playa y el cubo de Rubik). Y no solo eso, sino que pasaba allí unos días porque lo habíamos decidido libremente, y porque además tengo un trabajo con un sueldo que me permite hacerlo. 
Y, aunque queda un poquito ñoño decirlo así, pensaba que las únicas batallas que merecen la pena y yo querría librar son las que buscan que esa foto llegue a ser normal para cualquiera. "

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